La torre de Benamejí
H. Artacho · Hijo del pueblo
Hay una fotografía que guardo en la memoria aunque nunca existió en papel. La torre de Benamejí recortada contra un cielo blanquecino de mediados de agosto. El chapitel verde, ese verde de cobre envejecido que se ve desde la carretera antes de bajar al pueblo, antes que ninguna cara, antes que ninguna voz.
Los que se marcharon al norte buscaban el chapitel entre los olivos antes de bajar del autobús. La torre no marcaba el tiempo: lo organizaba.
Cuando era niño, la torre era el punto fijo desde el que se medía todo lo demás. La distancia al colegio, la distancia a la plaza, la distancia a la casa de los abuelos. Todo se contaba desde la torre o en relación a ella. No sé si otros pueblos funcionan así. Supongo que sí. Supongo que cada pueblo tiene su torre o su fuente o su árbol, y que ese punto fijo es lo que hace que un sitio sea un sitio y no solo un conjunto de casas.
El turronero Antonio paraba todos los veranos. Aparcaba su furgoneta blanca en la plaza y abría las puertas traseras con un ruido de bisagras que se oye todavía. Mi abuela le abría el portal para que pasara la siesta. La hamaca de tela verde. El botijo en el suelo. Un hombre que venía de fuera y que el pueblo recibía con esa naturalidad que tienen los pueblos para integrar a los que vuelven cada año.
Ese gesto pequeño, el portal abierto para el forastero de siempre, es el tipo de cosa que no aparece en ningún libro de historia y que, sin embargo, es la historia. La historia real, la que tiene temperatura y textura.
La torre sigue ahí. El chapitel verde, el mismo verde. Los que se fueron siguen buscándolo antes de bajar del coche. Eso no ha cambiado.
Los que se marcharon al norte buscaban el chapitel entre los olivos antes de bajar del autobús. La torre no marcaba el tiempo: lo organizaba.
Cuando era niño, la torre era el punto fijo desde el que se medía todo lo demás. La distancia al colegio, la distancia a la plaza, la distancia a la casa de los abuelos. Todo se contaba desde la torre o en relación a ella. No sé si otros pueblos funcionan así. Supongo que sí. Supongo que cada pueblo tiene su torre o su fuente o su árbol, y que ese punto fijo es lo que hace que un sitio sea un sitio y no solo un conjunto de casas.
El turronero Antonio paraba todos los veranos. Aparcaba su furgoneta blanca en la plaza y abría las puertas traseras con un ruido de bisagras que se oye todavía. Mi abuela le abría el portal para que pasara la siesta. La hamaca de tela verde. El botijo en el suelo. Un hombre que venía de fuera y que el pueblo recibía con esa naturalidad que tienen los pueblos para integrar a los que vuelven cada año.
Ese gesto pequeño, el portal abierto para el forastero de siempre, es el tipo de cosa que no aparece en ningún libro de historia y que, sin embargo, es la historia. La historia real, la que tiene temperatura y textura.
La torre sigue ahí. El chapitel verde, el mismo verde. Los que se fueron siguen buscándolo antes de bajar del coche. Eso no ha cambiado.
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